 |



 |
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |
El otro día me llamaron rufián. De todas las cosas que me han llamado, que me llaman, es de las que más me ha gustado, porque me suena literaria y embravecida. Hoy nadie es un rufián a pie de calle. Nadie diría: “¡rufián!”, si no es con ironía o con burla, con doblez al menos. Si pienso en un rufián me imagino a un indeseable bebiendo vino con Quevedo. El tiempo parece haberle quitado violencia a la palabra para hacerla libresca y por tanto lúdica. Conforme con el apelativo, me fui al diccionario: 1. m. Hombre que hace el infame tráfico de mujeres públicas 2. m. Hombre sin honor, perverso, despreciable. Viene del italiano, al que derivó del latín rufus, pelirrojo, por alusión a los tintes de pelo de las putas romanas. No se me entibió el contento porque sé que quien así me llamó no pretendía llamarme proxeneta, sino que hacía referencia cariñosa a cierta tendencia de uno a la disipación (hay también por ahí quien me llama “crápula” con voz dulce). Antes de quitarle gracia, la definición se la añadía: la primera acepción suena antigua, desusada (“que hace el infame tráfico”) y, sobre todo, es valorativa: no son razón estima ese tráfico infame, esto es, muy malo y vil. La definición de “proxeneta” ya tiene menos encanto, carece además del cosmético abolengo de las lupae romanas: “Persona que obtiene beneficios de la prostitución de otra persona”. Me acordé, por haber leído el libro recientemente (ver entrada anterior), de una escena de Los enamoramientos en la que un personaje consulta la palabra envidia, de definición enciclopédica y antigua, en el diccionario de Covarrubias. Y hoy los papeles lo traían, a Covarrubias, a Marías y a Deira llamándome “rufián”: http://www.elpais.com/articulo/portada/Banquete/lectores/refinados/elpepuculbab/20110730elpbabpor_3/Tes
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |

 |
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |
“Cómo no iba a pasárseme por la cabeza en noches ilusionadas, o de vaga embriaguez intelectual, si a nuestro alrededor vive gente de talento nulo que consigue convencer a sus contemporáneos de que lo posee inmenso, y majaderos y camelistas que aparentan con éxito, durante media o más vida, ser de una inteligencia extrema y se los escucha como a oráculos; si hay personas nada dotadas para aquello a lo que se dedican que sin embargo hacen en ello fulgurante carrera bajo el aplauso universal, al menos hasta su salida del mundo que acarrea su inmediato olvido; si hay gañanes descomunales que dictan la moda y la vestimenta de los educados, los cuales les hacen misterioso y absoluto caso, y mujeres y hombres desagradables y torcidos y malintencionados que levantan pasiones allí donde van; y si tampoco faltan los amores grotescos en sus pretensiones, condenados al descalabro y la burla, que acaban imponiéndose contra todo pronóstico y razonamiento, contra toda apuesta y probabilidad. Todo puede acontecer, todo puede tener lugar y quien más quien menos está al tanto de ello, por eso son pocos los que cejan en su gran empeño —aunque sea sesteante y venga y vaya—, entre los que tienen algún gran empeño, claro está, y esos nunca son tantos como para saturar el mundo de incesantes denuedo y confrontación.” Los enamoramientos, páginas 188-189.
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |

 |
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |
Estábamos sentados en el tejado, semidesnudos, sintiendo el calor del cuerpo del otro como una concentración bronceada del verano. Los Rodríguez sonaban a través de la ventana abierta de su dormitorio. Sus padres vivían en un ático con forma de vencejo (son “aviones”, no “golondrinas”, me había dicho en una ocasión, con el diccionario en la mano en medio del pasillo, vestida con una camisa mía cuyo dobladillo, rizado por las arrugas del uso, era una ola más del mar que habíamos navegado juntos) en el que pasamos aquel verano lleno de pájaros. El vuelo de la cornisa, que se asomaba a una calle peatonal muy transitada, era la perfecta metáfora de la perspectiva que les ofrecía la vida: una riada ajena y menestral sin la menor importancia, casi en el subsuelo (años más tarde, cuando él leyó Memorias del subsuelo, quedó prendado de la primera frase: “soy un hombre enfermo”; porque no era muy distinto de estar enfermos, de sufrir un desarreglo, de no andar bien, lo que el subsuelo de personas que no eran ella le sugería). El nacimiento de quien iban a ser, de esas cuatro personas a las que acabarían echando de menos (cada uno al otro, y al otro que ellos mismos fueran), se estaba fraguando a cada nube liminar sobre la monotonía azul del techo de sus orgasmos.
Qué maravilloso hito al que volver, el mundo celeste con un solo dueño de una boca.
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |

 |
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |
A mis pies la calle arde de las pisadas de otros y los atardeceres son todos tan azul por el color del todo que baja el cielo al suelo. Mientras la noche crece en derredor del ruido el eco queda viudo, sin frontón ni paredes. Puede deshilacharse, y hasta puede perderse, tan triste como el resto de una hoguera apagada. No os dejéis impresionar por la comparecencia de vuestra propia voz caminando como un río. Apliquemos el hacha del ahora en lo factible.
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |
 |
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |
Para P.
Siempre que hago recuento
de todas las mujeres con las que me miré a los ojos sucede. Siempre que la noche se esconde en tallos verdes y torturas de poema, y aún el miedo concede que el deseo me gane para su empresa aleve, siempre que el vino es un zarzal de esquejes, un cruce de veredas del que no sale indemne ni el verbo ni la estampa; siempre, siempre, sïempre, que otra vez vuelvo a verla, velis nolis sucede: como la sombra al sauce quiero atarme, indeleble compañero, sïempre.
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |




 |
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |
El perfil de Larisa, mórbido e inmóvil, como una sombra china en el fondo moribundo del crepúsculo sobre los terrados, era un espectáculo que lo acuciaba. Incluso después del amor su carne parecía brillante y dúctil, como arcilla lista para recibir el peso de un fauno, no ya de un amante. La ventana de su habitación, buhardilla del edificio, es la única entrada a la pequeña terraza, rizada de guano y almenada de antenas parabólicas. En uno de los lados más largos de la terraza rectangular, en el extremo opuesto a la ventana y mirando hacia ella, hay un sofá de dos plazas, de eskay escamado por el sol y faldones tazados, del que nadie ha podido decir cómo llegó hasta allí. Él lo mira y piensa involuntariamente en un leopardo, un recuerdo suntuoso de algo preciado que comporta un peligro irremediable. Cuando despierta el sofá sigue presente al otro lado de la ventana mientras del otro lado de la habitación, a través de la puerta al baño contiguo se oyen las deyecciones de Larisa con nitidez cristalina.
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
 |



|
 |
|
 |